Miguel
Salas
Hágase tu voluntad
Memorias de una misión
Qué sucede cuando el deseo de cambiar el mundo choca con la fragilidad de la vida? A los diecisiete años, Miguel y un grupo de jóvenes misioneros se internan en la sierra de Durango convencidos de que pueden ser agentes de cambio. Pero una decisión tomada en la madrugada los enfrenta con una realidad para la que nadie los preparó.
Entre comunidades aisladas, violencia latente y una tragedia que marca un antes y un después, descubrirán que crecer es consecuencia de elecciones diarias. Hágase tu voluntad es una historia real sobre la pérdida de la inocencia, la fuerza de la hermandad y el instante en que entendemos que no somos invencibles. Un relato conmovedor sobre la fe, el dolor y la formación de una voluntad inquebrantable.
© 2021
© 2021
Miguel Salas
Miguel Salas es un empresario cuya visión se forjó en la intersección del servicio
social y la innovación. Tras casi una década dedicándose a misiones y un año de
voluntariado en la sierra de Durango, consolidó una perspectiva profunda sobre la
voluntad y la resiliencia. Educador de profesión, inició su carrera desarrollando
modelos de formación social para universidades y ONG. A los treinta años dio el
salto al mundo de los negocios y se especializó en la creación de marcas y productos
con propósito. Actualmente reside en Monterrey, México, donde compagina su
labor en el sector privado con su vocación por la creación literaria.
Contáctame
Escríbeme
Sígueme en redes
Hágase tu voluntad
Qué sucede cuando el deseo de cambiar el mundo choca con la fragilidad de la vida? A los diecisiete años, Miguel y un grupo de jóvenes misioneros se internan en la sierra de Durango convencidos de que pueden ser agentes de cambio. Pero una decisión tomada en la madrugada los enfrenta con una realidad para la que nadie los preparó.
Entre comunidades aisladas, violencia latente y una tragedia que marca un antes y un después, descubrirán que crecer es consecuencia de elecciones diarias. Hágase tu voluntad es una historia real sobre la pérdida de la inocencia, la fuerza de la hermandad y el instante en que entendemos que no somos invencibles. Un relato conmovedor sobre la fe, el dolor y la formación de una voluntad inquebrantable.
Hágase tu voluntad
Capítulo 1
Capítulo 1: Hermosillo, Sonora
Mi camino hacia la sierra de Durango no empezó con una Biblia en la mano ni con un
ideal romántico de santidad. Empezó, irónicamente, con una boleta de calificaciones
mediocre y un profundo sentimiento de derrota. A los doce años de edad, el sistema
educativo ya me había puesto una etiqueta invisible pero pesada: por mi promedio, fui
asignado al turno vespertino de una secundaria pública en el centro de la ciudad. En la
mitología escolar, ese era el lugar donde mandaban a los burros, a los problemáticos y a
los que la sociedad ya no sabía dónde acomodar.
Entré a esa escuela —la secundaria prevocacional n.° 1— con un nudo en el
estómago que no me abandonaría durante meses. En la primaria, el bullying había sido
mi sombra constante; era el niño callado elegido por todos como blanco. Ahora, el
destino me ponía en el mismo salón con mis antiguos victimarios, pero en un ambiente
mucho más hostil. La lógica de la secundaria vespertina era brutal: adaptarte o morir.
Cansado de ser la presa, decidí forjarme una armadura que no me pertenecía. Me volví
rebelde, empecé a rayar los salones y a escaparme de clases con la misma intensidad
con la que antes intentaba pasar desapercibido. Cumplí, con una precisión dolorosa, la
profecía que el sistema me había impuesto.
Pero mi madre, en un acto de fe y heroísmo económico capaz de conmoverme
aún hoy, decidió que no me dejaría perder. Con un esfuerzo que rayaba en lo imposible,
me rescató de aquel entorno y me inscribió en una escuela de los hermanos lasallistas, el
Regis. Era una de las instituciones más prestigiosas de la ciudad en aquel entonces. El
aterrizaje no fue suave: pasé de ser el rebelde de la pública al intruso de la privada. En
los pasillos, enfrenté un desprecio de clase que dolía más que los golpes; era el niño que
no encajaba ni por apellido ni por cuenta bancaria. Ante ese nuevo rechazo, cambié de
estrategia: mi nueva armadura fue la disciplina más rígida. Me refugié en los libros y en
la perfección académica como en un búnker, buscando que nadie pudiera volver a
tocarme.
El paso a la preparatoria trajo consigo una calma inesperada. En la secundaria, al
ser puros hombres, el ambiente estaba cargado de competencia y una virilidad casi
obligatoria. La presencia femenina en la preparatoria cambió las reglas del juego: el
nivel de testosterona bajó drásticamente y, por fin, pude disfrutar de una convivencia
mucho más relajada y natural.
Un rasgo que definía profundamente la identidad del Colegio Regis, el cual
marcó mi propia formación, era su desbordante actividad extracurricular. La agenda
escolar siempre estaba llena, ofreciendo un abanico de posibilidades que nos mantenía
en constante movimiento: desde la intensidad dramática de las obras de teatro y el rigor
de los deportes hasta las competencias académicas de habilidades encargadas de poner a
prueba nuestro intelecto. No faltaba tampoco el compromiso social de los voluntariados
de los sábados por la mañana y, por supuesto, la entrega total de las misiones en
Semana Santa.
Aunque yo me consideraba una persona callada, de perfil bajo y observadora,
encontraba un alivio inexplicable al sumergirme en cada uno de estos eventos.
Prácticamente, participé en todo; me relajaba ser parte del engranaje encargado de hacer
funcionar la vida escolar. Más allá de buscar el protagonismo, me apasionaba el simple
hecho de estar presente, de ser un testigo activo y una pieza fundamental en cada
momento significativo que la escuela construía. Era mi forma silenciosa, pero constante,
de habitar el mundo.
Fue en esa soledad autoimpuesta donde aparecieron ellos: los hermanos.
Observarlos era como mirar un espejo de lo que yo quería ser sin saberlo. Su
congruencia, esa forma de vivir con lo mínimo y aun así entregarlo todo, me cautivó.
Un día, escuché a un maestro decir una frase que se quedó vibrando en mi pecho como
una campana: «Si quieren cambiar el mundo, el camino es la educación».
En ese instante, el rompecabezas de mi vida cobró sentido. Yo, que había sido
herido por el sistema, quería sanar a otros a través de él. Deseaba estar del otro lado del
escritorio, no para imponer autoridad, sino para rescatar a niños que, como yo, se
sintieran invisibles. A pesar de la negativa inicial de mis padres, quienes temían que me
perdiera en la sierra o descuidara mi futuro, busqué el voluntariado. Tras dos meses de
espera angustiante, donde cada vez que pasaba el cartero el corazón se me detenía, llegó
la carta. El sello de La Salle era mi pasaporte a la libertad. Iba a probar la historia antes
de convertirme en ella.
Capítulo 2
Capítulo 2: El Salto, Pueblo Nuevo, Durango
El viaje hacia mi nueva vida terminó en El Salto, Pueblo Nuevo, Durango. Al bajar del
transporte, el aire de la sierra me recibió con un frío seco y purificador, de esos que te
despejan los pulmones y la mente. La sede era una escuela vieja ampliada con una casa
en medio y una cabaña en un extremo. Era un edificio que parecía respirar con la
historia de miles de estudiantes. Fui de los primeros en llegar junto a Ceci, una
compañera de Hermosillo cuya energía vibraba en sintonía con la mía.
El hermano director me recibió con un ímpetu que me pareció casi temerario.
Era de esas personas de las cuales emana esa sensación de que todo debe ser rápido e
inmediato.
—Oye, pues aquí vamos a recibir a todos —me dijo mientras me señalaba el
salón destinado a ser nuestro cuartel general.
Elegí mi cama en un salón de clases transformado en dormitorio. Al soltar mi
maleta y sentarme, escuché el crujido de los resortes; ese sonido, pequeño y metálico,
fue mi primera declaración de independencia. Aquella cama era mi primer territorio
conquistado fuera de casa.
Poco a poco, el silencio de la escuela se fue rompiendo. La puerta no dejaba de
abrirse y, con cada nuevo voluntario cruzando el umbral, el aire se cargaba de una
energía eléctrica. Venían de todas partes de México: acentos distintos, historias de
éxitos, relatos de fracasos y maletas cargadas de la misma incertidumbre que yo sentía.
Durante esa primera semana, el hermano director organizó lo que yo llamo «el
carrusel de los nombres». Nos sentábamos en círculo en el piso formando una cadena
humana destinada a ser inquebrantable. La consigna era simple pero profunda: decir
quiénes éramos, de dónde veníamos y qué nos había traído hasta este rincón perdido de
Durango.
Me tocó observar a los demás antes de hablar. Escuché relatos de misiones
previas en la selva o en el desierto; jóvenes que ya tenían colmillo y otros que, como yo,
llegaban con los nervios a flor de piel. Era una pasarela de realidades: unos venían de
familias acomodadas de Monterrey, Durango o Guadalajara; otros, de esfuerzos
similares al mío. Pero ahí, sentados en el frío suelo de El Salto, las clases sociales se
desvanecieron por completo. No interesaba quién era tu padre o a qué escuela habías
ido; importaba que estabas ahí, dispuesto a dar un año de tu vida.
Cuando llegó mi turno de presentarme, sentí un peso liberador caer de mis
hombros. Por primera vez en años, no tuve la necesidad de esconder mi pasado en la
escuela pública ni de presumir de mi presente en la privada. Dije mi nombre y compartí
mi hambre de servicio. En esas dinámicas de juego, oración y risas compartidas, entendí
que ya no necesitaba la armadura de la rebeldía ni la de la disciplina rígida. Estaba entre
iguales. Éramos veintiséis extraños que, en menos de siete días, habíamos empezado a
hablar un mismo idioma. Éramos una célula lista para ser activada.
No sabíamos que la prueba de fuego llegaría antes de lo esperado, y que nuestro
primer destino tenía un nombre que ya de por sí sonaba a leyenda: Huizar.
Capítulo 3
Capítulo 3: Huizar
Apenas terminábamos de aprendernos nuestros nombres en el centro de formación de El
Salto, Durango, cuando la realidad nos golpeó de frente. El hermano director, con ese
acelere y energía propios de su carácter, y una sonrisa ocultando el rigor de lo que
venía, nos dio la primera instrucción directa, sin anestesia:
—Miguel, ya tienen su primera misión. Acaban de llegar unos estudiantes
lasallistas franceses y quiero que los lleven a conocer el pueblo de Huizar. Deben irse
en un camión que los dejará en El Espinazo del Diablo y, de ahí, gente del pueblo bajará
por ustedes.
Nos enviaron así, sin preparación previa, sin manuales de logística y sin un solo
gramo de material didáctico. Nuestra tarea no era solo sobrevivir a la sierra, sino guiar a
un grupo de voluntarios franceses que venían con las expectativas altas y las manos
vacías, listos para vivir el México profundo. Éramos nosotros, nuestra fe y el vacío
inmenso de la Sierra Madre Occidental.
Llegamos al Espinazo del Diablo y, al bajar del camión, el mundo se detuvo.
Nunca en mi vida había visto algo así. Nos encontrábamos parados en el filo de una
cresta de piedra, a miles de metros de altura, y la sensación era la de estar, literalmente,
en la cima del mundo. Lo que más me impactó fue mirar hacia abajo: las nubes no
estaban en el cielo, sino debajo de nosotros, como un mar de algodón blanco ocultando
los secretos de la tierra.
Era un paisaje capaz de obligarte a filosofar por la fuerza. Te sentías un gigante
por estar tan alto y, al mismo tiempo, la nada absoluta ante la magnitud de la creación.
Ese horizonte infinito te inyectaba un miedo reverencial —el miedo de saber que un
paso en falso era el fin—, pero, paradójicamente, te regalaba una paz inalcanzable en la
ciudad. En ese silencio absoluto, roto solo por el silbido del viento, entendí que la
misión que estábamos por empezar era mucho más grande que nosotros mismos.
Ahí, en ese mirador natural del cielo, nos esperaba un hombre del pueblo, una
autoridad silenciosa curtida por el sol, que no traía motores ni camionetas, sino una fila
de burros de mirada mansa, pero de paso firme.
Lo siguiente fueron cuatro horas de un descenso brutal y fascinante. Aquel niño
que alguna vez tuvo miedo al rechazo en los pasillos de la escuela ahora estaba montado
en un animal al borde de acantilados desafiantes de la gravedad. La lluvia empezó a
caer con una insistencia gélida, transformando el sendero en un laberinto de lodo y
niebla. Avanzamos en fila india; el único sonido era el golpeteo rítmico de los cascos en
las piedras y nuestra respiración entrecortada.
Miraba de reojo a los franceses; sus rostros eran una mezcla de asombro
absoluto y un terror contenido. Estábamos bajando al vientre de la montaña; dejábamos
atrás la civilización para entrar en un lugar donde el tiempo se mide en ciclos de
cosecha y lluvia.
Llegamos a Huizar empapados hasta los huesos y con el cuerpo molido por la
tensión del descenso. La sede de la misión era la escuela del pueblo: un edificio rústico
de paredes gruesas con olor a tierra mojada. La división fue inmediata y pragmática:
hombres en un salón de clases y mujeres en otro. Al soltar las mochilas sobre el suelo
frío, la carencia nos dio la bienvenida: no había agua potable ni comida; no había
absolutamente nada más fuera del espacio vacío.
En ese salón oscuro, el instinto de misionero se activó por encima del cansancio.
Varios de nosotros ya teníamos colmillo de otras misiones y éramos conscientes de una
realidad: en la sierra la clave no es el recurso, sino la comunidad. Nos organizamos con
una velocidad nacida de la necesidad. Salimos a tocar puertas en la penumbra de la
tarde para pedir apoyo: un poco de leña, algo de comer y un rincón para asearnos. A
cambio ofrecimos lo único valioso que cargábamos: nuestra presencia, respeto y trabajo.
Esa noche, bajo la luz mortecina de un par de velas, planeamos la semana. El
«no hay nada» se transformó en un mapa de acción. El hambre se nos olvidó mientras
discutíamos cómo íbamos a servir.
Cada mañana establecimos una rutina, la cual se sentía como una liturgia diaria:
el censo. Pero en Huizar, censar no era llenar formularios burocráticos; era entrar a la
intimidad de los hogares. Caminábamos por las veredas de tierra, recibiendo jarros de
café de olla hirviendo para calentarnos las manos y el alma. Compartíamos la vida con
las familias en sus cocinas llenas de humo de leña. Les hablábamos de las pláticas de
evangelización para los adultos, de los talleres de superación enfocados en encender una
chispa de ambición positiva y de las actividades recreativas para los jóvenes, que rara
vez veían caras nuevas.
Pronto, la observación nos reveló una herida abierta: el pueblo tenía un grave
problema de salubridad. No podíamos hablarles del cielo si el suelo que pisaban estaba
descuidado. Por ello, cambiamos los libros por costales de yute y empezamos campañas
de limpieza intensivas.
Fue un choque visual poderoso: jóvenes mexicanos y extranjeros, agachados,
recogiendo lo que otros habían desechado. Al principio, la gente nos miraba con
incredulidad desde sus ventanas, pero pronto el ejemplo empezó a arrastrar voluntades.
Los niños fueron los primeros en unirse, seguidos por los jóvenes del pueblo, quienes,
contagiados por nuestra energía, empezaron a limpiar sus propios frentes. Ver las calles
transformarse nos dio una satisfacción superior a cualquier reconocimiento académico.
Estábamos enseñando que la dignidad también se construye con las manos sucias y el
entorno limpio.
Con el paso de los días, la escuela se convirtió en el corazón palpitante de
Huizar. Las liturgias de la tarde, las cuales empezaron con apenas tres o cuatro curiosos,
terminaron llenándose de gente hambrienta de esperanza. Sentíamos que estábamos
transformando sus hábitos, pero, en realidad, la sencillez y la resiliencia de Huizar nos
estaba reconstruyendo a nosotros por dentro.
Al séptimo día, llegó el momento inevitable de decir adiós. Hicimos un último
recorrido casa por casa, no para pedir, sino para sellar el compromiso.
—Esta misión ahora es de ustedes —les dijimos entregándoles la estafeta de su
propio cambio. No queríamos que nuestra partida significara el regreso al abandono.
Cuando el líder del pueblo trajo de nuevo los burros para subir al Espinazo del
Diablo, el sentimiento era radicalmente distinto al de la llegada. Las cuatro horas de
ascenso ya no fueron un calvario de miedo, sino un espacio de reflexión profunda.
Miraba hacia abajo, viendo a Huizar perderse entre los jirones de bruma, y sentía una
paz que nunca había experimentado en la ciudad. Aquel joven que alguna vez se sintió
invisible y problemático ahora regresaba con la columna vertebral firme.


